Mi cara oculta como modelo :: CARRÉ OTIS

8:00



CARRÉ OTIS fue una de las modelos más conocidas de la década de los 90. En una entrevista especial para la revista VOGUE cuenta su historia revelando su cara oculta. Una pesadilla de la que consiguió salir viva de milagro y de la que ahora alerta a las jóvenes para que no caigan en sus mismos errores.




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A mediados de los ochenta, cuando yo tenía 18 años y estaba empezando en el mundo del modelaje, la atención del público me resultó repentina y sorprendente. Después de haberme pasado la adolescencia trabajando tan duro en Europa y Estados Unidos; después de tantos rechazos y tantos fracasos en loscastings; después de las numerosas indirectas (y no tan indirectas) por parte de los profesionales de la industria, insinuando que no tenía madera para esto… Me sorprendí mucho cuando la gente empezó a seguir mi carrera.




Cuando fui a ver a mis agentes y me plantaron un puñado de cartas en las narices, no podía creerme que fueran para mí. “Carr”, me dijo mi agente poniéndome las manos en los hombros, “ahora eres famosa. Hazte a la idea”. Allí había muchas cartas de tono amable, de gente que apreciaba la dirección de arte o la estética de alguno de mis reportajes fotográficos. También había otras tantas, asquerosas, en las quelos hombres me contaban con todo detalle lo que harían con mi cuerpo si pudieran y lo que, para mi desgracia, ya habían hecho con el suyo viendo mis fotos. A pesar de este segundo tipo de correspondencia, en general me halagaba que el hecho de haber posado en una foto hiciera que personas que no me conocían de nada dedicaran parte de su tiempo a escribirme cartas con su opinión.




Pero había un tercer tipo de cartas que siempre me dejaban preocupada: unas que formaban el 80 % de todo el correo que recibía de mis seguidores. Eran las cartas de chicas de entre 10 y 15 años buscando consejo sobre cómo ser lo que yo sólo aparentaba ser.




Querían saber mis trucos y mis “secretos” de belleza. Pero yo no quería decirles la verdad. No quería contarles que los verdaderos secretos eran el comportamiento destructivo y el tormento interior. No sólo mantenía esos secretos a salvo de mis fervientes seguidoras, sino también de mí misma, así que me limitaba a contestar a esa clase de cartas con una foto firmada, y esperaba que evitando responder a esas preguntas pudiera evitar también afrontar mi propia oscura realidad.




Hace poco encontré una caja llena de todas esas cartas. Y ya que no puedo volver atrás en el tiempo para responder a esas chicas, espero que sirva de algo si lo hago ahora. Debajo de cada una encontraréis las respuestas que no tuve valor de darles entonces.


“Querida Carré:

Tengo diez años. ¿Cuál es tu rutina de ejercicios? ¿Qué comes? ¡Ojalá tuviera un cuerpo como el tuyo! ¿Qué se siente al ser como tú? Me muero por parecerme a ti.”



Siempre que me preguntaban por el ejercicio o la dieta, me limitaba a recitar una rutina saludable, la típica que pregonan las revistas femeninas. “Ejercicio aeróbico tres veces por semana y levantar peso ligero”. La verdad es que hacía ejercicio un mínimo de dos horas al día, siete días a la semana… Pero eso no lo iba a decir. Los días que no trabajaba hacía doble turno en el gimnasio e iba dos veces en un mismo día. Decía que desayunaba muesli, comía pollo y verduras, y cenaba pescado y ensalada, junto con algún tentempié saludable; un yogur, por ejemplo. En realidad, sin embargo, mi dieta se basaba en tomar de cuatro a seis tazas de café solo al día, sin ni siquiera una nube de leche desnatada por temor a las calorías de más. Y para matar el hambre, fumaba unos cuantos paquetes de tabaco al día. El café y los cigarrillos me daban una dosis de energía que yo agradecía, ya que estaba perpetuamente agotada de dormir poco o nada, del sobresfuerzo de mis músculos, de hambre, y del aluvión de críticas que sucedía en mi propia mente a cada minuto.




Me aseguré de que nadie se enterase de la realidad de mi día a día, guardando celosamente ese secreto. De ese modo pude seguir manteniendo un cuerpo que la naturaleza no me había dado. En las épocas en que estaba especialmente delgada, me llegaban montones de refuerzos positivos en forma de elogios y más trabajo. La nicotina y la cafeína, sumadas al continuo dolor que me provocaba el hambre, hacían que apenas pudiera dormir. Incluso cuando intentaba acostarme me sentía nerviosa y apenas podía cerrar los ojos, así que tomaba pastillas para dormir. Menuda existencia de mierda. Había tantos círculos viciosos en mi vida que perdí la cuenta. Solía dormir aproximadamente una hora al día, pero a veces estaba tan cansada de salir por ahí, del jet lag y de la absoluta falta de nutrición que me quedaba dormida durante 15 horas seguidas. Como puedes ver, la inseguridad y el eterno deseo de estar perfecta eran lo único estable en mi vida.




No hay un convenio que regule las condiciones de trabajo de las modelos, así que no era habitual tener descansos ni dietas. Pero incluso si alguien me pedía algo de comer, no era capaz de llevarme nada a la boca porque tenía miedo de hincharme, incluso con una ensalada. “No, gracias”, decía, dando un sorbo al café. “Acabo de comer”. O pedía algo “prudente” y luego ni lo tocaba. Los dientes se me fueron poniendo amarillos por el café y la nicotina, y fueron perdiendo el esmalte a causa de la bilis que me subía por culpa de la acidez de estómago que me provocaba no comer y vomitar. Pero gracias al poder blanqueante del aerógrafo*, mi sonrisa falsa mostraba unos dientes blancos y relucientes en todas las fotos. Además, sin la manicura y la pedicura que me ponían para esas sesiones, se hubiera notado que, igual que los dientes, mis uñas también eran amarillas y quebradizas.




Una mañana me llevaron a urgencias con palpitaciones y arritmia, resultado de veinte años de inanición. Resulta que me había provocado tres agujeros en el corazón y necesitaba una operación de ablación de urgencia. En tu carta me decías que “te mueres” por parecerte a mí… Pues eso es lo que estuvo a punto de pasarme. ¿Preguntas qué se sentía al ser como yo? Como si… te hubieran roto el corazón. Literalmente.








“Querida Carré:

Quiero que sepas que me encanta tu pelo brillante y con volumen. ¿Qué haces para cuidártelo? ¡Me gustaría que me dieras un par de trucos para poder tener el pelo tan bonito como el tuyo! (Por cierto, tengo 13 años).”


Es gracioso que mi pelo pareciera “brillante y con volumen”, porque en verdad lo tenía muy seco y frágil de tanto peinarlo y secarlo para las sesiones de fotos diarias, en las que posaba durante horas bajo los focos abrasadores. Como no comía lo suficiente, siempre encontraba montones de pelo en el cepillo y en la ducha. De hecho, muchas veces los estilistas tenían que añadirme mechones de pelo falso o ponerme pelucas para compensar el pelo que me faltaba en la cabeza.




En cuanto a los productos, usaba lo que hubiera en el baño del hotel. Aunque si firmaba un contrato para alguna marca de champú, mentía a todo el mundo diciendo que ese en concreto era el único que me gustaba y que usaba.










“Querida Carré:

Me gustaría poder coquetear con chicos como tú coqueteas con la cámara. Estoy segura de que podrías tener a cualquier chico del mundo. ¿Qué tal es eso? Tengo 15 años y me moriría por ser sexy y gustar a los chicos. ¿Algún consejo?”


Me limitaba a mirar a la cámara y hacer ver que era una mujer feliz y segura de mí misma. Pero, bajo la superficie, era todo lo contrario: estaba asustada y muy muy triste. Sabía cómo ser provocativa en cámara pero era todo un mecanismo de defensa, una pantomima que ocultaba un mar de vergüenza e inseguridad que me había invadido a raíz de muchos problemas de abusos y traumas sexuales. Mi novio y yo nos pasábamos meses sin practicar sexo y, cuando lo hacíamos, yo fingía el orgasmo. Fingía satisfacción sexual de la misma forma que fingía ser sexy para la cámara. Desde luego, conseguí engañaros a los dos.






“Querida Carré:

Eres mi inspiración. Tus fotos molan muchísimo. ¿Qué puedo hacer para ser tan guay como tú?”


Si mis fotos molaban era gracias a mi mirada gélida y a la chaqueta de cuero que a veces llevaba. Mi estilo de vida “molón” me hacía codearme con gente a la que le gusta llevar armas encima, y una vez uno de ellos me disparó por accidente. No fue muy guay estar en urgencias temiendo por mi vida. Casi siempre, mientras estaba en una de esas sesiones de fotos tan “guays”, me dedicaba a preocuparme por si mi novio me engañaba, a la vez que planeaba qué alimentos iba a eliminar de mi dieta para perder otros dos kilos y así poder a) conservar a mi novio y b) conseguir más trabajo. “¡Estás preciosa, Carr!”, me gritaba el fotógrafo. “¡Este es tu momento!”. Pero nunca sentí que fuera mi momento. Si acaso, sentía que era el de los demás. Ahí estaba yo, que supuestamente era una modelo de éxito, y ni siquiera sabía cómo gestionar mi identidad profesional, por no hablar de la personal. Unos días después de terminar la sesión que un día se convertiría en el anuncio más emblemático de mi carrera, acabé en el hospital, con una bala en el cuerpo, que estuvo muy cerca de darme en el corazón. En ese momento me di cuenta de que prefería mil veces estar viva a ser guay.



“Querida Carré

¡Quiero tener tu ropa! ¿Dónde te la compras? ¿Tienes algún consejo para vestir mejor?”


Toda la ropa que llevaba pertenecía a las revistas o a los diseñadores que la habían hecho. La seleccionaban los estilistas, no yo. Además, ¡algunas prendas eran tan ajustadas que me hacían daño! Normalmente me ponían pinzas en la espalda para que pareciera que me quedaba perfecta, y les daba igual si se me clavaban. Otro truco con poco glamour. Uno de tantos que se usan en el gremio.

Si hubieras echado un vistazo a mi armario, te habrías dado cuenta en seguida de que no tenía ni idea de moda. Era una hippy que compraba la ropa en el mercadillo. Incluso ahora no tengo ni idea de cómo se pronuncia haute couture, así que imagínate ir de compras en ese plan.

En caso de que hubiera querido llevar ese tipo de ropa en mi día a día, durante la mayor parte de mi carrera tampoco me la hubiera podido permitir. Si alguna vez tuve alguna prenda de alta costura fue porque me la dio algún diseñador a cambio de desfilar para él (o ella). Pero la ropa no paga las facturas, sea del diseñador que sea.

¿Un consejo para vestir mejor? A estas alturas ya te habrá quedado claro que no soy ninguna experta, pero puedo decirte qué es lo que me funciona a mí hoy en día: tejidos cómodos en los que me sienta a gusto y colores bonitos que me levanten el ánimo. Si ves algún anuncio o foto que te inspire, adelante. Pero ten cuidado con compararte con esas modelos; muchas de ellas son como yo. No saben nada sobre los must de la temporada, simplemente les pagan por ser un perchero, tal como a mí me pasaba.



“Querida Carré:

¡Tienes la piel perfecta! Tengo 14 años y tengo la cara llena de granos. ¡Los odio! ¿Qué puedo hacer para tener una piel bonita y sin defectos como la tuya?”



Mi piel “perfecta” lo era sólo en las fotos, gracias al uso del aerógrafo en grandes cantidades. Si hubieras visto mi cara real, habrías visto granos y piel seca e irritada, todo consecuencia de viajar tanto, de la deshidratación, de la falta de nutrición, el estrés, el tabaco, los kilos de maquillaje y la privación de sueño.

¿Tienes granos? Bienvenida al club. ¿Que cómo puedes hacer para tener la piel tan perfecta como la mía? Buena pregunta… ¿Conoces a alguien que te pueda retocar?





“Querida Carré:

¿Qué se siente al llevar un estilo de vida tan sofisticado? ¿Tienes yate?”


Esta es la verdad sobre el supuesto glamour de mi estilo de vida: nunca tuve un yate. Ni siquiera una casa. De hecho, muchas veces no me llegaba para pagar el alquiler del apartamento. Firmé algún contrato en el que pagaban bien, pero me lo gasté todo sin pensar mucho. Luego, había épocas en las que no llegaba trabajo. Al principio, muchas veces lo daba todo en una sesión (20 horas seguidas sin descanso) y luego no veía ni un céntimo. Si al cliente no le gustaba mi trabajo, mi agente no le pedía cuentas; me decía que me aguantase y que aprendiera la lección. Otras veces la agencia no me pagaba porque consideraban que les debía dinero por las sesiones de prueba, los gastos del portfolio o las noches de hotel.




Excepto en contadas ocasiones, en mi trabajo no se respiraba un ambiente precisamente sofisticado. La mayor parte de mi carrera me la pasé cogiendo vuelos en turista para que al llegar me recibiera un gilipollas (para qué adornarlo) que me decía que estaba demasiado gorda, demasiado hinchada y tenía los ojos demasiados rojos como para trabajar ese día. Solía alojarme en hoteles fríos y húmedos compartiendo habitación con otras muchas modelos. Me presentaba en el plató al amanecer y tenía que ponerme en todas las posturas que me pidieran, por extrañas que fueran. “Salta por encima de esa duna… ¡Más alto! Ahora eres un cervatillo alegre y sexy”. Y yo saltaba como un cervatillo, aunque en realidad era una chica agotada y hambrienta con mucha morriña, que hubiera dado lo que fuera por estar en la torre Eiffel o en una cafetería tomándose un cruasán sin tener que contar las calorías.




Mi trabajo como modelo hacía que estuviera constantemente dejando mis sentimientos a un lado.Cuando tenía la regla y estaba hinchada y de mal humor, tenía que quedarme prácticamente desnuda ante la cámara y estar sexy. Cuando me enteré, estando lejos de casa, de que habían atropellado a mi perro, tuve que tragarme el dolor y posar como si estuviera encantada de la vida. No se hablaba de dedicarle tiempo a una misma, de darle importancia a los sentimientos o de expresar necesidades personales. Era un mundo cruel.







No puedo negar que viví experiencias extraordinarias estando en la industria; después de “triunfar” pude empezar a exigir más cosas y a establecer ciertos límites. Pero incluso entonces seguía formando parte de un sistema peligroso y que fallaba por todas partes. Por ejemplo, seguía sufriendo el acoso sexual sin ser consciente de que no tenía por qué ser un requisito laboral. Del mismo modo que hay muchas modelos que pueden decir que sus experiencias han sido en su mayoría maravillosas, y que han podido crecer tanto dentro como fuera de industria, sé que muchas todavía se enfrentan a los mismos obstáculos a los que me tuve que enfrentar yo. Que tratan de encajar en unos modelos de perfección imposibles de conseguir y que aceptan dinámicas de poder abusivas como “parte del trabajo”. Estoy orgullosa de participar actualmente en Model Alliance, una organización que recoge denuncias de abusos, desafía de forma agresiva el código de silencio y sigue luchando por la creación de un sindicato para nuestro gremio, lo cual hace mucha falta. Animo a la gente a que vea las imágenes de las modelos desde una perspectiva más realista, a que se replanteen esa asunción automática de que el mundo interior de una modelo se basa en su apariencia externa, tan sumamente manipulada por otra parte.




Hoy en día, gracias a dios, mi felicidad no depende de mi peso ni del reconocimiento ajeno. Y mi meta ya no es alcanzar ningún tipo de perfección. La creencia de que hay una perfección que se puede alcanzar es una mentira que nos cuentan y que nos decimos a nosotras mismas. Esa es la cruda realidad. Me gustaría haberles dicho a esas jóvenes admiradoras lo que al final he aprendido a decirme a mí misma: en la realidad, es decir, en la imperfección, es donde se encuentra la auténtica belleza.




*N de la T: Antes de la aparición y el auge del retoque digital de imágenes, se usaban aerógrafos reales que esparcían tinta pulverizada mediante aire comprimido directamente sobre la piel.




Carré Otis

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Traducción: Irene M., Judit Tur




Este artículo originalmente apareció publicado en el número de septiembre 2013 de Vogue.




Fotografía por cortesía de Cosmopolitan

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2 comentarios

  1. Damián,

    Te escribo para que sepas de la existencia de una lectora, no sé cómo encontré esta página, pero desde que publicas que la sigo y es una pena que nadie comente porque es de mucha utilidad. Este post me ha parecido especialmente interesante. Empecé a hacer trabajos como modelo para sacarme un dinerito extra, ya que estoy estudiando, y poco a poco voy viendo 'el lado oscuro' de esta industria. No me considero una chica ingenua, pero yo misma alucino con las cosas que me encuentro a veces y me pregunto qué se les pasará por la cabeza a aquellas adolescentes que desean ser la próxima Kate Moss sin saber las consecuencias que todo esto conlleva.

    Siempre me surjen contradicciones al preguntarme qué posición me corresponde al seguir intentando trabajar en una industria que perpetúa una serie de roles y cánones que luchan en contra de mí misma y, en realidad, de todas las personas que forman esta sociedad.

    Sin "enrrollarme" más, quiero darte las gracias por tu trabajo, por tomarte las molestias de publicar a menudo y detalladamente sobre temas que no encuentro en ninguna parte y que son de vital importancia para concienciarse de que ser modelo de verdad es un TRABAJO. No creo que en mi vida acabe dedicándome profesionalmente a esto, pero mira, soy curiosa. Cuando reciba un NO porque no mido 1,85 cm, no tengo 80cm de pecho y t.32 de cadera, recordaré este post y sabré que son ellos los que están equivocados, no mi cuerpo. Qué siniestramente sencillo resulta a veces olvidar el concepto de 'salud'. Si resides en Barcelona me parecería muy educativo charlar un día contigo, ya que además, precisamente estudio Bellas Artes y como a ti, me encanta la fotografía. Saludos y ánimo con el buen trabajo :)



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  2. Sigues escribiendo? Wow me has abierto Los ojos de much as maneras,el lado obscuro de Las models es lo peor :(

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